Tomás Erice salió de trabajar a las cuatro en punto. Se colocó la mochila al hombro, se puso los audífonos y emprendió la marcha hacia la estación de autobuses. Cuando había recorrido tres cuadras, se topó con un puesto de flores. Primero miró los girasoles, brillantes y altivos, luego los tulipanes, tan frágiles ellos. Caminó seis pasos más con indecisión y se encontró con el impulso de que debía regresar. Miró entonces las rosas y compró siete de color rojo. El florista se las envolvió cuidadosamente en celofán y colocó un listón rojo alrededor de los tallos.
-¿Cuánto le debo?- dijo Tomás.
-Nomás setenta pesitos- respondió el florista.
Tomás sacó su cartera, que tenía más papel que billetes, tomó uno de cien pesos y se lo extendió al señor.
-Suerte con la señorita -diciendo esto, el florista se despidió con un gesto y le entregó el ramo.
El oficinista siguió su camino hacia el transporte público y al llegar a la onceava esquina, una señora de edad avanzada le sonrió y le dijo: "Suerte con la señorita".
Cuando llegó a la estación, recargó su tarjeta electrónica y pasó por los torniquetes. Como su mochila pesaba mucho, la levantó un poco para poder pasar y golpeó levemente la espalda de un policía. Este se volteó y -después de que Tomás le ofreció una disculpa- le sonrío levemente y le dijo: "Suerte con la señorita".
Dejó que pasasen tres autobuses y se subió en el cuarto. Encontró un asiento vacío y se sentó. Al colocarse nuevamente los audífonos, notó que una chica morena estaba parada con tres bolsas en las manos, por lo que se levantó del asiento y se lo cedió. Entre las notas que salían por los auriculares, alcanzó a oír: "Gracias... y suerte con la señorita".
Cuando miró el parque a través de la ventana, supo que la siguiente era su parada. Una vez que el autobús se hubo detenido, descendió con el ramo en la mano y la mochila en el hombro. Rodeó el parque como de costumbre y saludó a su vecino con un gesto. Sí, también le deseó suerte.
Abrió la puerta del frente, dejó las llaves en la mesilla de la entrada, colocó su mochila y su saco en el perchero y se quitó los zapatos. Caminó nueve pasos sobre el piso alfombrado hacia la cocina, encendió la luz y sacó un florero de la alacena. Cortó el tallo de las rosas con cuidado, las colocó dentro del jarrón y les puso agua. Buscó en el primer cajón a un lado de la estufa y sacó una aspirina. Como no le dolía la cabeza, se la puso a las flores que habían tenido un trayecto más ajetreado.
Apagó la luz del cuarto y se dirigió a su habitación con el florero en las manos. Lo colocó sobre el altar y recorrió un poco la veladora encendida para que no le afectase a las flores. Miró la foto que reposaba en el fondo y esbozó una sonrisa.
Se acostó en la cama matrimonial, se colocó las cobijas encima, cerró los ojos y dijo con una sonrisa cortada:
-Sí, tuve suerte.
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