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jueves, octubre 27, 2011

Cuestión de signos

Adolfo Santibáñez caminaba por el séptimo piso del número trece de la calle Destino. Tenía 21 años y el cabello rojo. Su madre dijo desde antes de nacer que sería un cáncer, pero el cumpleaños de Adolfo se había celebrado siempre en agosto. Un Leo.

Esa mañana no tenía nada de especial, como el resto de los días de Adolfo. Don Pepe, el dueño de la tienda, le esperaba como todas las mañanas con la radio encendida. El pelirrojo entró a las 7:13, en su camino al trabajo, para escuchar al locutor decir:

"Leo: hoy te espera un día ajetreado, bebe jugo de naranja para evitar el mal de ojo. Tu número de la suerte es el dos. Tu color, el rojo".

En medio de la prisa y la desesperación, Santibáñez subió las escaleras de dos en dos escalones de vuelta a su piso. Se quitó la prenda negra y se colocó el único suéter rojo que tenía. Mala decisión para el día más soleado del verano. Corrió a la cocina, sacó dos naranjas del refrigerador -que se columpiaban sobre la delgada línea entre la madurez y la putrefacción-, las cortó en dos y las exprimió con fuerza en su vaso rojo. Se bebió el líquido de dos sorbos y giró el pomo de la puerta dos veces antes de abrirla. Bajó las escaleras de dos en dos nuevamente, lo que causó que se fuese de bruces sobre el piso de la planta baja.

Esperó al segundo camión para tomarlo. Subió lentamente y se sentó en el segundo asiento del lado derecho. Cuando llegó a su destino, bajó del vehículo casi en movimiento. Caminó sobre la acera hacia el edificio de oficinas en el que laburaba, tocando todas las cosas rojas que había a su paso. Una señora canosa -con un perro café en brazos- se le quedó viendo fijamente. Adolfo se cubrió la cara con un portapapeles. -Para evitar el mal de ojo, menos mal que me tomé mi jugo de naranja antes de venir- dijo al vigilante en cuanto llegó a su oficina. Subió al primer piso, saludó a Susana -la de Compras- y se sentó en la pequeña silla gris de su cubículo. Sacó una pelotilla roja del bolsillo derecho de su pantalón y la colocó sobre el escritorio de imitación nogal. Todavía se preguntó por qué había llegado tarde.

A los cinco minutos de haber empezado a trabajar, su jefe llegó a regañarlo. -¿Por qué llegaste tarde?- dijo el sujeto -quiero tu reporte antes de las tres de la tarde- y se dio la media vuelta. Adolfo era el auxiliar del co-cordinador del área de mensajería, de una empresa que se dedicaba a la venta de muebles de imitación nogal. -¿Qué reporte podría entregar un sujeto así?- dirán ustedes. Bueno, pues Santibáñez escribía en una lista los nombres de todas las personas a las que se les había entregado mercancía ese mes. ¿Un día ajetreado? No si hubiese llegado a las once de la mañana en vez de a la una.

Corrió al archivero donde estaban guardados los pedidos y los ordenó alfabéticamente, alineándolos de dos en dos sobre el piso de imitación nogal. Cuando hubo terminado, los colocó en dos montículos y procedió a redactar su reporte. Eran las dos de la tarde.

Miró su reloj después de escribir "Nájera" y la manecilla grande apuntaba el número once. Fue a la oficina de su jefe a pedirle más tiempo. -Media hora, Santibáñez, y no más- le contestó el co-cordinador. Se arrojó hacia su oficina y comenzó a escribir: "Navajas", "Navarro", "Nieto", "Nieves". Se le acababa la tinta... y el tiempo. Cuando hubo escrito "Zúñiga", su jefe iba de salida. Acomodó los papeles como pudo y corrió a la puerta a alcanzarlo. Su superior miró el reporte de reojo mientras seguía caminando. Adolfo regresó a su cubículo. Sólo alcanzó a oír: "¡¿Con tinta roja, Santibáñez?!".

El día siguió sin encabezados. Cuando el reloj de imitación nogal hubo anunciado las seis de la tarde, Adolfo se despidió de Susana y abandonó el edificio. Esperó al segundo camión y ya saben el resto. Abrió la puerta de su departamento, entró a la cocina y se preparó una sopa instantánea. Quiso llamarle a su madre, pero recordó que -la semana pasada- el horóscopo le había dicho que se deshiciera de los teléfonos para evitar las malas vibras. Se tendió sobre el colchón y extendió la manta roja sobre su cuerpo. Cerró los ojos.

Al siguiente día, bajó las escaleras y saludó a Don Pepe. Dio algunas mordidas a su pan y le pidió a todos los presentes que guardasen silencio en cuanto el locutor anunció los horóscopos. La voz dijo a través del aparato:

"Leo: hoy perderás tu empleo, salta ocho veces sobre el pie izquierdo para sacudirte la energía negativa. Tu número de la suerte es el 3. Tu color, el fucsia intenso".

Se dispuso a subir al edificio. Cuando llevaba recorridos unos veinte metros, regresó a la tienda. -Don Pepe, ¿cómo es el fucsia intenso?- preguntó. El tendero sólo atinó a encogerse de hombros. Adolfo se apresuró a subir, aunque esta vez le tomó más trabajo subir las escaleras. Buscó la prenda rosa más brillante que tenía y se la colocó alrededor del cuello. Era una bufanda tejida que le regaló su mamá, el día de su cumpleaños. El tercer camión tardó años en llegar. Para su suerte, el tercer asiento estaba vacío. No encontró nada fucsia intenso camino a su oficina, lo cual se lo atribuyó a no haber realizado el ritual que indicó la deidad radiofónica. Al vigilante le pareció muy raro ver a Santibáñez saltar ocho veces en un pie, lo cual no hizo más que comprobar sus sospechas: el tipo estaba loco. Subió al primer piso, saludó a Susana y ésta le dijo que el co-cordinador lo estaba buscando para decirle algo importante.

Adolfo abrió la puerta de la oficina de su jefe (sí, era de imitación nogal) con una patada. Se ajustó el cinturón, se aflojó la bufanda -pues hacía un calor infernal ahí dentro- y procedió a dictar su discurso:

- Mire usted, viejo bizco, estoy harto de sus malos tratos. Pero "ora" sí, fíjese que me le adelanté. ¿Quién se cree para despedirme sin decirme algo antes? Yo conozco mi futuro y que le quede bien claro, "náiden" me va a ver la cara. Yo tengo influencias en el más allá, fíjese. "Pos" oiga, "ora" sí se pasó. Y ya, ya me cansé, no le voy a dar el gusto, fíjese. Voy a renunciar antes de que me pueda despedir. Sí, eso haré. ¡Renuncio!

Pateó la silla y de un manotazo, tiró los papeles del co-cordinador lejos del escritorio. Se acercó al sujeto -que en ese momento estaba pasmado- y le frotó la cabeza con fuerza, hasta que se le cayó el peluquín. El horóscopo nuevamente tenía razón. Adolfo Santibáñez perdió su empleo ese día.

Tomó la pelotilla roja y una placa de imitación nogal con su nombre -lo único que había en su ex-escritorio- y los guardó en una caja. No exageren, esa era de cartón. Se despidió de Susana, bajó las escaleras de tres en tres y se despidió de Don Ramiro -el vigilante-. Como estaba muy enojado, dio ocho brincos sobre el pie izquierdo, en lo que esperaba el tercer camión. No funcionó. Extendió los brazos hacia el frente, con las palmas hacia arriba y apretó los índices contra los pulgares. Cerró los ojos y respiró profundo, tal como había visto hacer a un "maestro" de yoga en un programa de televisión. Escuchó el ruido del camión y se dispuso a subir. 

Cuando llegó a su edificio, más temprano de lo normal, Don Pepe -que iba bajando las escaleras- le preguntó si se encontraba bien. Adolfo le contestó con un gruñido y giró la llave, procurando hacerlo tres veces antes de que la puerta cediese. Se acostó sobre el colchón y prendió el televisor. Lo miró hasta quedarse dormido.

Adolfo pudo haberse despertado hasta el mediodía, pero ya se encontraba en la tienda a las 7:11 a.m. Le pagó trece pesos a Don Pepe por un yogur y un pastelillo y pegó la oreja derecha a la radio. El locutor ya estaba listo para darle a Adolfo su dosis matutina:

"Leo: hoy te suicidarás, despídete de tu madre y amigos para irte tranquilo. Tu número de la suerte: el 5. Tu color, el verde pistache." 

Adolfo ya venía vestido del color sugerido, pues era el de su camisa favorita. Pasó once minutos pensando y recontando, hasta que cayó en cuenta de que no tenía amigos. De cualquier forma, abrazó a Don Pepe y le dijo adiós. El tendero soltó un par de lágrimas y le rezó a "San Juditas" por la cordura de Santibáñez. Tantos días juntos habían crecido en él un extraño cariño por el muchacho.

Esperó casi una hora a que llegase el quinto camión. El asiento número cinco estaba ocupado por una señora. Poco le importó esta vez, pues estaba pensando en cómo acabaría con su vida. 

Tres horas y media más tarde, Adolfo llegó a casa de su madre. Tocó dos veces la puerta. La vecina le dijo que su "comadre" había ido a misa, pero que no tardaba en llegar y le ofreció que esperase en su casa. Tocó tres veces más la puerta para completar el ritual y accedió al café que le ofrecían.

Su madre llegó una hora después. La vecina la vio pasar por la ventana de la cocina y le avisó -a gritos- que "Fito" la estaba esperando. Adolfo salió por la puerta del frente y le dio gracias a la "comadre" de la viuda Santibáñez. 

Una vez en la casa donde Fito había pasado la mayor parte de su vida, su madre le dio un fuerte abrazo, un sermón sobre lo flaco que estaba y una serie de besos en las mejillas, pues aunque Adolfo se agachase, ella no le alcanzaba la frente. La miró con tristeza y pensó cinco veces antes de decir: "Mami, me voy para siempre". La reacción de la mujer fue estremecedora. -Me da el soponcio- así lo describió.

Fito le explicó la situación a su madre, así como la historia de los horóscopos, los camiones y su empleo. Ella lo miró con una mezcla de pena y ternura. -Ay, mi'jito, hay algo que debí haberte dicho hace tanto tiempo- le dijo lentamente.

La señora se acercó a un viejo placard y sacó un portapapeles marrón, grueso y polvoriento. Escarbó entre la pulpa de papel, hasta que encontró lo que buscaba. Tomó una hoja azul claro -doblada a la mitad- y se la extendió a Fito. Él la tomó con las manos temblorosas y la desdobló con cuidado.

No le causó tanta sorpresa el hecho de que la viuda Santibáñez no fuera su madre, como lo que estaba a punto de descubrir. Leyó cinco veces el papel, de arriba a abajo y viceversa. Lo cerró y abrazó a la anciana, con una fusión entre desesperación y ternura.

Adolfo Santibáñez -cuyo nombre de cuna era Rodrigo- había nacido en abril. 

Un Aries.



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