-¡Mamá! No me diste sopa- dijo un joven Rodrigo Aceves, el tres de febrero de mil novecientos ochenta. Ese día como muchos otros, los trastos sonaban en la cocina mientras su madre servía un lánguido caldo para cada uno de sus seis hermanos -de los cuales Rodrigo era el menor-. "¿Cómo te fue en la escuela? ¿Cómo está María? ¿Ya recogiste la ropa de la tintorería?" Eran algunas de las preguntas que podía oír hasta el cartero desde fuera de la casa. Ese día, el muchacho dejó la mesa, indignado por la gran indiferencia que su familia manifestaba ante su presencia. Después de la comida, la señora Aceves limpiaba con cariño un retrato, para después dejarlo sobre la mesa -junto a un pequeño tazón de fideos- y llevarse de nuevo su pesar.
-¡Vicente, bájale a la guitarra!- gritó Rodrigo. Diez, veinte, treinta, cuarenta segundos duró su paciencia. Cinco, seis, siete veces tocó la puerta de su hermano. No abrió, ni siquiera parecía inmutarse. El chico regresó a su habitación para seguir con la tarea de Biología. -Seguramente trae los audífonos puestos- dijo para sí mismo. Mientras tanto, Vico -como le decían- afinaba nuevamente las cuerdas, con un oído pegado a la caja de resonancia, para no perderse una nota.
-Oye, papá, dame para unas cartulinas, por favor. Tengo que hacer un cartel para mañana- dijo el pequeño Aceves esa noche. Su padre saltaba del cinco al cuarenta y del dos al siete, sin despegar un dedo del control remoto. -Pa, ¡ándale! No seas malo. Ya se me acabó lo de la semana- insistía Rodrigo. El señor Aceves tosió con fuerza y luego agitó la mano izquierda repetidas veces. -Hoy todo el mundo anda de malas conmigo- musitó el hijo y abandonó la habitación. Tres segundos después, el mosquito que rondaba al padre por fin lo dejó en paz. -Me traes unos rollos de fresa, agarra dinero del cajón de la cocina- exclamó el padre Aceves finalmente. Rodrigo alcanzó a oírlo antes de subir las escaleras. Fue a donde le indicaron y tomó el efectivo necesario. Luego, abandonó la casa y cerró la puerta tras de él. Tres segundos después, Juan -el mayor de los hermanos Aceves- tomó dinero del cajón de la cocina, como le había dicho su papá, y dijo "¡ahorita vengo!". Abrió la puerta y pudo oírsele murmurar: "qué raro, yo la dejé abierta".
Cuando Rodrigo regresaba de la papelería, vio a su mejor amigo debajo del coche rojo en el que solían salir los viernes. Al parecer, tenía una avería en la parte delantera.
- ¡Qué onda, chavo! ¿Nos vamos a ver el viernes?- dijo Marco, el amigo.
- Pues yo creo que sí, todavía no aviso- contestó Aceves.
- Me avisas que te dicen, ¿va?
- Va, ¿ya le dijiste a Julio?
- No, pero igual al rato le llamo. Voy a llevar a Eli, si no les molesta.
- Para nada, ya sabes que me cae súper bien.
- Sale, amigo, gracias. Ahí nos vemos entonces.
- Ok, cuídate. Ya me voy a mi casa. Suerte con el coche.
- Sí, ya casi termino de arreglarlo.
Rodrigo siguió caminando, feliz de que alguien por fin le había prestado atención. Siguió cantando: "Imagine me and you, I do. I think about you day and night, it's only right". Marco colgó el teléfono. Tres segundos después, Miguel le estaba avisando a su padre que el viernes saldría con Marco, Eli y quizás Julio.
El pequeño Aceves encontró la puerta cerrada. Como no traía llaves, tuvo que entrar por la ventana del cuarto de huéspedes, que siempre estaba abierta. Siendo tan delgado, quizás él era el único que cabía por tan diminuta abertura. Tuvo que pasar por la cocina para ir a su cuarto y encontró el periódico -que acostumbraba acumular para reciclarlo- sobre la mesa. -¡Ah! ¡Pero es que ni eso pueden hacer!- refunfuñó mientras llevaba el cúmulo de papel hacia la bandeja donde lo guardaba. Todo cayó al piso. Mientras lo recogía, pisó un ejemplar de El Gráfico. Lo tomó entre sus manos y lo contempló varios minutos, para después agitarlo con fuerza. -¡Qué chingados es esto!- gritó enfurecido.
Corrió hacia el cuarto de su madre. Necesitaba una explicación. La puerta estaba abierta y su madre, entre sollozos.
- ¡Mamá! ¿Qué es esto? ¡Explícame!
- Perdóname, sé que nunca te puse atención.
- No te preocupes, mami. Dime de qué se trata, por favor.
- Tu papá me estaba diciendo de cosas y creí que si le colgaba, se iba a enojar más.
- Ya pasó, no importa.
- Te juro que no lo vi venir.
- Me estás asustando.
- Traté de evitarlo, pero sólo fue peor.
- Mamá, escúchame. Soy yo el de la foto, ¿lo ves?
- Luego llegaron los periodistas.
- Sí, lo sé.
- Había ambulancias y patrullas. El chico del otro coche estaba bien. Sólo tenía un par de rasguños, quizás un poco lastimado el hombro. Yo estaba inconsciente, pero de vez en cuando oía lo que decían los policías. "Un muerto", decían, "un muerto". Debí colgar cuando me dijiste, debí escucharte. Tu ibas adelante y eras tan pequeño. Sólo vi un par de luces venir hacia nosotros. Me fui hacia la banqueta, traté de esquivarlo. No sabía que esa calle no tenía semáforo. No fue el coche gris el que te quitó la vida, fue el rojo. Cuando desperté, deseé no haberlo hecho. Me llevaron a ver tu cuerpo. Eso ya no eras tú, era una piedra, un rastro que ofende a tu existencia.
- ¿Estoy muerto, mamá? ¿Eso es lo que quieres decirme?
- Les dije que si eras tú. Luego tu papá me abrazó, por encima de mi brazo roto. Yo sólo quería matar a ese maldito. Cobrarle tu vida. Venía borracho. Le juré a tu papá que no descansaría hasta verlo en la cárcel. Sonriente se fue el muy maldito. En cambio, se llevaron al del coche rojo. Treinta años de sentencia.
- ¿Pero cómo? Yo no recuerdo nada.
- Viviste tres segundos más después del accidente. Seguramente ni tiempo te dio de darte cuenta. Ojalá. Rezo y ruego porque no hayas sufrido. Todavía puedo oírte cantar, ¿cómo iba?
- Imagine me and you, I do. I think about you day and night, it's only right.
La señora Aceves siguió llorando con el retrato entre las manos.
- ¡Perdóname! ¡Por favor!
- Te perdono, pero eso no sirve de nada si no te perdonas tú.
Rodrigo Aceves le dio un beso a su madre en la mejilla y se desvaneció. Había muerto el primero de enero de mil novecientos ochenta. "Caravana en Año Nuevo" decía el titular.
Decir "te amo", "te quiero", "perdón", "me importas" o "te extraño" toma menos de tres segundos.
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